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domingo, 31 de agosto de 2008

La caída de Martha

Todos dicen que venía trastabillando desde lejos, que ni Cristo la hubiera frenado ¡qué barbaridad! ¡pobre mujer! ; Cuando yo la vi, ya estaba desparramada por el suelo. A su alrededor se podían observar las verduras tiradas. Al parecer, venía de hacer las compras.
Era una calle sin pavimento, por lo cual, siempre se juntaba guadal; de manera que la pobre, estaba irreconocible (totalmente cubierta de polvo)… Y la cara, para qué contarles que la cara era un solo manchón oscuro, donde se resaltaban las bolitas de los ojos, los dientes y los surcos que se marcaban en las mejillas por las lágrimas que fluían sin parar. Sí. Lloraba mucho, miraba a su alrededor los huevos rotos, los tomates aplastados… Y no era para menos, a nadie le gustaría dar un espectáculo semejante en la calle central se un pueblo…
Bueno, en fin, esa fue la mañana del cumpleaños de Marta. No cualquiera lo festeja con un porrazo.

María Julieta Salusso

Antonia

Su cara se percibía desde lejos, por detrás del cristal de la ventana. Creo que Antonia era su nombre.
Tenía el cabello corto y prácticamente blanco, la cara poblada de huellas del tiempo. Siempre vestía de negro, quizás era eso lo que tornaba su figura aún más misteriosa… No se, pero no podía dejar de observarla; su presencia me resultaba enigmática.
Era mi vecina… Cuando de noche salía a la vereda, disimuladamente miraba de reojo y ahí estaba: parada detrás de su ventana con la mirada clavada en mí, urdiendo su hechizo. Bueno, eso era lo que yo pensaba en aquel momento…
Hoy cuando recuerdo mi infancia, no puedo dejar de sentir nostalgia por Antonia y su oscura y fantasmal silueta tras el cristal.
Todos mis amigos decían que era una bruja… Cosas de niños. La pobre mujer, noche a noche, agonizaba: masticando su propia soledad.

María Julieta Salusso
3º Premio concurso de cuentos "Proyecto Expresiones" - Marzo de 2008

Dias de circo

Era todo un acontecimiento. Quedábamos hechizados al ver pasar la colorida caravana frente a nuestros cuerpos inmóviles. En los pueblos pequeños, la llegada de un circo significaba un corte en la rutina y la asistencia al espectáculo, definitivamente era obligatoria.
El hecho de ver los preparativos desde la vereda de enfrente, sin lugar a dudas, generaba muchas expectativas. Para todos nosotros, esta “gente rara”, vivía en un pequeño mundo mágico (la carpa), donde todas las ilusiones se hacían realidad.
Aún me parece escuchar el sonido que las monedas inquietas producían en los bolsillos de los que hacíamos la cola para sacar la entrada.
Nos quedaba un sabor amargo y la tristeza del abandono se respiraba durante muchos días, luego de la partida de los artistas viajeros.

María Julieta Salusso